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La Piedad, de E.Casanova

Por Javier Carrizo

IG nada_pasara

ICHA TÉCNICA:

País: España/Argentina

Año: 2022

Productora: Pokeepsie Films, Crudo films, Gente Seria/. Director: Eduardo Casanova./Guionista: Eduardo Casanova./Productor: Carolina Bang, Álex de la Iglesia. Florencia Franco, Jimena Monteoliva, Antonio Pérez./Música: Pedro Onetto./Fotografía: Luis Ángel Pérez./ Montaje: Ángel Pazos.

Protagonistas: Ángela Molina, Manel Llunel, Ana Polvorosa, María León, Songa Park.

 

Pareciera que en La Piedad, realmente no todo es color de rosa, en clara analogía a la propuesta artística apastelada de Eduardo Casanova para con su último film. 

Y ese -realmente- se contrapone a lo que infiere la historia del autor, porque se concibe como un relato que se aleja inconcebiblemente de una realidad posible.

Por supuesto que para opinar de ello no existe objeción alguna, pero lo que sucede es que el capricho se hace tan grande y engorroso, que el universo planteado por el director se comprende como un fantástico imposible por la ausencia de verosimilitud entre aquello que reluce técnicamente, y el mundo narrado.

La experiencia visual se reduce a solo ello, y deja de lado al cuento que se pierde en una intencional ecpatía.

Quizás sea por eso que La Piedad se parece a una película de terror por tener tintes genéricas (se nota la incidencia de Alex de la Iglesia como uno de los productores), cuando en realidad es mayoritariamente un drama con un poco de suspenso, y un intento de comedia negra, ya que estamos.

Entonces podría preguntarme, ¿qué sucede cuando el cine no es más que aquello que se interpela por medio de lo visible, sobre una narración que se estanca sin producir una expectativa en el espectador? ¿Cuál es el desempeño pragmático que prueba a la obra como un todo que la convierte en un lenguaje?

En lo que se circunscribe, Libertad (Ángela Molina), es la posesiva madre de Mateo (Manel Llunel). Este último es diagnosticado con un cáncer encefálico o algo así, y es allí cuando se libera la densa toxicidad que une a madre e hijo, en una relación poco natural, y deliberadamente obsesiva. En su recorrido, ambas partes demuestran la necesidad del uno sobre el otro, mientras se suceden escenas de alto impacto óptico, que generan un consentido rechazo en el espectador, que víctima de la incertidumbre genérica, no logra concretar una hipótesis acerca del film, en su horizonte de probabilidades, como dice Steve Neal, acerca de las categorías cinematográficas.

La obra que se sintetiza a través de la semejanza con la figura virginal de Libertad que sostiene en brazos a Mateo (Cristo), al igual que la escultura de Miguel Ángel, se configura como el antojo y la limitación a un experimento ocular, que condena las finalidades semánticas y sintácticas de un relato que se niega a empatizar con quien audiovisualiza la pieza.

Publicado en Críticas

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