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Por Javier Carrizo

Furiosa: de la saga Mad Max (2024) de George Miller

FICHA TÉCNICA:
Título original: Furiosa: A Mad Max Saga
Año: 2024/ Duración: 148 min./ País: Australia/  Género: Ciencia ficción. Acción | Futuro postapocalíptico. Venganza. Precuela
Dirección: George Miller/ Guion: Nick Lathouris, George Miller/ Reparto: Anya Taylor-Joy, Chris Hemsworth, Tom Burke, Angus Sampson, Alyla Browne, Daniel Webber, Nathan Jones, Goran D. Kleut, Lachy Hulme, C.J. Bloomfield, Rahel Romahn, Robert Mc Farlane, David Collins./;Música: Junkie XL/ Fotografía: Simon Duggan
Compañías: Coproducción Australia-Estados Unidos; Warner Bros., Kennedy Miller Mitchell. Distribuidora: Warner Bros.

En la cercanidad de su paso por Cannes, se estrena mundialmente la precuela de Mad Max: Furia en el camino (2015), que narra los orígenes de Imperator Furiosa, interpretada por Anya Taylor-Joy en la ocasión, y por Charlize Theron en la posteridad cronológica que implica la re iniciante entrega anterior de la saga.
Ahora bien, si se conoce por saga al relato novelesco que engloba diversas generaciones de una familia, o sobretodo porque el nuevo volumen debe complementar el precedente, en el nuevo original de Miller que costó 168 millones de dólares, la intención estética se presenta forzada en la apertura del conflicto dramático que trilladamente reclama venganza. La causalidad se desploma y el desacertivo narrativo encausa su diseño a partir de enumerados capítulos que además se perciben arbitrarios.
Pero esto no es una novedad, Mad Max tiene la particularidad de erigirse como una leyenda que comienza mal parida en su potencial prosístico. Es en los albores y merodeos de Vanishing Point (1971) de Richard C. Sarafian, en la que la road movie de acción que involucra a Kowalski (Barry Newmann), un veterano de la guerra de Vietnam que conduce un coche Dodge Challenger blanco del año 1970 por el suroeste de Estados Unidos en solo 15 horas, en los que George Miller detalla su preludio y deja desperdigado el retazo que suscribe su influencia.
A pesar de su deficiencia expositiva, en Mad Max (1979,) la película rodada y ambientada en Australia, con temática distópica y con tintes de pre-apocalipsis por falta de energía, agua, y petróleo, en el marco de un caos social, que se produjo con el escaso presupuesto de 350.000 dólares, alcanza una recaudación de 100 millones de dólares en todo el mundo. El policial de acción se traslada a la carretera en las descriptas circunstancias, cuando pandillas de motoqueros toman el control porque el Estado libera a los ciudadanos de su presencia. Luego de una insistente persecución que dialoga con la desgracia, la crueldad de los hechos se describe a partir de un lenguaje que se emparenta más con lo bizarro que con el lirismo cinematográfico. Más allá de lo dicho, el primer film del quinteto de la “mente maestra”, como denomina Warner Bros. Pictures a su autor, es considerado hoy en día como una película de culto.
Entonces, si en la definición de saga reside la idea de la complementación del precedente, el resultado sesgado de su punto de partida narrativo, se lo relaciona estrictamente a su exitoso paso por la taquilla, que le permite producir dos secuelas: Mad Max 2: The Road Warrior (1981), y Mad Max: Beyond Thunderdome (1985).
Ya en la segunda entrega, la australiana de acción, aventuras, y ciencia ficción apocalíptica, incursiona en una realidad coherente con Mel Gibson nuevamente pero como un protagonista activo en un tiempo lineal, que es acompañado por un universo en el que la propuesta de arte en esta oportunidad, exalta el empeño de la narración. Luego de un comienzo que resume históricamente los sucesos que desencadenan la catástrofe, el estilo halla su cauce gracias a que específica con mayor compromiso la universalización del mundo Mad Max: motores y criollismos desérticos sumidos a la pobreza, se conjugan con un asfalto que codicia ser testigo de asaltos por gasolina.
En Mad Max: Beyond Thunderdome (ganadora del Globo de Oro), el star system se complementa con la actuación de una exitosa cantante de esos años. Tina Turner interpreta a la Tía Ama, fundadora de Truequelandia o Negociudad, un sitio urbano en medio del desierto, en el que los ladrones hacen sus negocios mientras son atentamente vigilados por los guardias de la Tía.
En la misma, el alineamiento genérico tiene un auspicioso acercamiento a la aventura, y el cine espectáculo barullo (por lo que dicta la banda sonora), se instala una vez más como sello distintivo por su asincronicidad con la imagen, o por la efervescencia sonora que se justifica solo por formar parte de una jerga audiovisual que así lo concibe, siendo la primera vez sin Brian May en la composición. Sin hacer ecos por la pérdida, es “la saga” la que prospera en la suma de componentes visuales que se comprenden como verosímiles a la diégesis, y que aproximan nuevos aportes al mundo extraordinario de la fuerza protagónica.
Aunque Miller la haya ideado en 1987, recién treinta años después pudo concretar la cuarta entrega, Mad Max: Fury Road. La conciliación del director (también coescritor y coproductor) con la acción post-apocalíptica por sobre la aventura, es otra vez una película australiana, pero con Tom Hardy en el rol de Max Rockatansky, y Charlize Theron como Imperator Furiosa. Ambos se enfrentan con Inmortal Joe, el líder del páramo, y su ejército, en un extenso debate en la carretera.
Menos de diez años después, la precuela Furiosa: A Mad Max Saga, regresa a la esencialidad: la trama de venganza como en los inicios, pero solo en el primer acto. Es decir, lo que moviliza al personaje representado esta vez por Anya Taylor-Joy, es su incursión en el conflicto dramático para saldar el asesinato de su madre. A partir de allí las peripecias de la estructura narrativa conducen a Furiosa a otros puntos argumentales que siempre se presentan obvios, redundantes y previsibles, ante la heterogénea mirada del espectador. Un antagonista que realiza gestiones en el arco de su necesidad dramática, pero que no remiten a una oposición equilibrada en comparación de lo que si logra la protagonista.
A considerar notable el ambicioso trabajo de una puesta de cámara con intensos y deliciosos travellings que acompañan la suerte de los involucrados, y no solamente cuando suceden las interminables persecuciones ruteras y desérticas, que resaltan el aspecto estético y los códigos visuales del congénito.
La coproducción australiano-estadounidense, coescrita con Nico Lathouris, empalaga bajo el paradigma de un estilo intenso, que no dosifica suficientemente su algidez durante la acción, y que devela fácilmente el devenir de la trama principal.
En términos conclusivos, la saga mal parida en su prosa, encuentra en su propia consecuencia estética, la escasez que tanto denuncia en su escenario.

Publicado en Críticas

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