Por Federico Vitale
¿Quién es el verdadero autor de una canción?
Esa es la pregunta que atraviesa Letras robadas (2026), lo nuevo de John Carney -director de Sing Street y Begin Again-. La película fue la encargada de cerrar la última edición del BAFICI y vuelve sobre uno de los temas centrales de toda su filmografía: el poder de la música para conectar, transformar y también generar conflictos.
La historia sigue a Rick, un cantante de bodas que dejó atrás una carrera prometedora para formar una familia, y a Danny, un ex ídolo juvenil que busca relanzarse. Entre ellos aparece una canción que lo cambia todo. Una improvisación nocturna termina convirtiéndose en un éxito mundial y lo que debería ser una oportunidad para ambos pronto se transforma en una disputa sobre la autoría, el reconocimiento y el verdadero valor de una canción.
Carney vuelve a explorar temas que le son propios: los sueños frustrados, las segundas oportunidades y las tensiones entre la vida personal y la vocación artística. Pero esta vez pone el foco en la autoría, el reconocimiento y en quien merece realmente el crédito cuando una canción logra trascender.
Como en sus mejores trabajos, la música no es un accesorio sino el corazón del relato. Las canciones funcionan como confesiones, como vehículos de verdad para personajes que muchas veces no pueden expresar en palabras lo que sienten. Y, una vez más, la música aparece como una fuerza capaz de unir a personas completamente distintas.
Paul Rudd está en uno de esos papeles que le calzan perfecto: carismático, vulnerable, gracioso y profundamente humano. Canta, emociona y sostiene gran parte de la película con total naturalidad. La química con Nick Jonas, que también entrega una gran interpretación, hace que todo fluya desde el primer encuentro.
Si bien la película recorre caminos conocidos dentro del universo del director, lo hace con una sensibilidad que sigue funcionando. Hay algo en su forma de filmar la música, en esa idea de que una canción puede atravesar toda una vida, que vuelve a conectar. Una tragicomedia cálida, con una canción pegadiza en el centro (How to Write a Song Without You) y personajes que buscan, a través del arte, algo parecido a la verdad.
Porque al final, quizás, de eso se trata: no de quién escribió una canción, sino de lo que esa canción es capaz de generar.

























