Por Federico Vitale
La ópera prima de Lorenzo “Toto” Ferro y Lucas A. Vignale, El tren fluvial (2026), pasó por el #Bafici27 tras su estreno en el Festival de Berlín. Un coming of age que encuentra en el arte y el viaje un impulso para descubrirse, donde la dupla de directores, bajo una mirada lírica y genuina, se acerca a la vulnerabilidad del deseo infantil.
La historia nos presenta a Milo, un niño de 9 años y bailarín de malambo que vive bajo la presión de su padre, quien lo entrena y exige constantemente. En busca de su propia independencia, idea un plan para escapar de su pueblo y probar suerte como artista en la gran ciudad.
La película evoluciona hacia una road movie urbana, retratando el pasaje entre el control familiar y el despertar de la autonomía. El elenco, integrado mayoritariamente por actores no profesionales -con la excepción de Rita Pauls-, encuentra en Milo Barría (ya presente en el primer cortometraje de los directores) a un protagonista que combina ingenuidad con una cuota necesaria de rebeldía y picardía.
El film se sostiene en el deseo como motor. Si bien tiene momentos de gran sensibilidad, el guión por momentos se vuelve irregular -según contó el equipo en el Q&A posterior a la función, fue construido sobre la marcha- y recurre a ciertos lugares comunes. Tal vez profundizar un poco más en la compleja dinámica padre/entrenador-hijo podría haber aportado mayor peso dramático al recorrido.
A nivel visual, regala composiciones amplias que integran el entorno al avance del protagonista y un montaje que acompaña el ritmo de su travesía. Una experiencia de aprendizaje visualmente bella que, aun con sus irregularidades, vale la pena recorrer.

























