Por Vanina Suárez
Crecer en un mundo que insiste condenar lo desconocido
Ambientada en los años 80. Lidia crece en una familia queer y al amor que esa comunidad trans le ofrece se le antepone el odio social diurno, porque de noche son esos mismos hombres mineros quienes consumen sus shows tipo vodevil cuando no se entrelazan cuerpos lujuriosos y a veces llenos de amor.
El pueblo las acusa de ser portadoras de una peste que es contagiosa con solo mirarles y esa comunidad de travesti (que funciona como una familia) se convierte en el blanco del miedo a lo desconocido, a otras formas de amar y también se hace alusión a las primeras apariciones de casos de HIV.
No es casual que sea la mirada el elemento simbólico que se utiliza desde la narrativa para contar el «contagio», el rechazo, el odio; porque aún hoy (más de 40 años después) seguimos esperando la mirada del otro como aprobación social.
Tampoco es casual que todos los miembros de esa familia/comunidad de travestis (así eligen llamarse, seguramente para alinearse con el vocabulario de la época) sea de animales: leona, flamenco, boa, cabra, etc como si no fuesen de la raza humana pero conviven con ellos en la selva o en un clima árido o desértico tal como es el lugar elegido donde se desarrolla la historia.
Además, la mezcla de melodrama con denuncia social y esa cuota que roza el terror algo gótico al plantear la situación de caza/ cazador o «monstruo desconocido» y temor hace que la trama (en ese sentido) pueda encontrar un paralelismo con Nazareno Cruz y el lobo. Ya que las víctimas nunca se asumen como tal e intentan correrse todo el tiempo de ahí, aún asumiendo un triste y trágico final.
La película obtuvo el premio a Mejor película en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2025 y recibió el Premio de la Juventud en el Festival de San Sebastián 2025.
Disponible por Mubi

























