Un balcon à Limoges (2025) de Jerome Reybaud
BAFICI 27
Por Javier Carrizo / @javiercarrizo_cine
En un año con destacadas películas en la competencia principal, Un balcon à Limoges no es la excepción y en poco más de una hora, con guiños a Rohmer y a Hitchcock, plantea una sorprendente historia sobre una relación tóxica, que además le da un espacio a la crítica social.
Siguiendo los prolegómenos de Robert Altman respecto a los géneros cinematográficos, en el cine actual es difícil no anticipar el género a través de la publicidad o difusión, pero mucho más complejo aún, es ocultarle al espectador alguna de las partes de la hibridación. El desconcierto se agiganta al transcurrir la segunda mitad del film que en su moraleja alberga aquella regla maternal que advierte: no te juntes con extraños, o quizás, no confíes en personas ajenas.
Gladys no tiene techo, no usa cuenta bancaria, y anda a los tumbos por la vida, con prioridades como bailar en clubes nocturnos, beber alcohol en todo horario, y tener sexo cuantas veces le dé la gana. Con esos objetivos se cruza con Eugénie, una ex amiga del colegio, que es casi constantemente observada por su vecino. Con esa amenaza que no conduce más que a comprender cuál será el devenir de la protagonista, el film que además de remitir a La Ventana Indiscreta (1954), roza los acontecimientos de La Bas (2006) de Chantal Akerman, se construye este sólido drama con lapsos de comedia, que se describe como una antesala de lo inesperado
La nominada a Mejor Película en el Festival de Cine de Locarno, tiene convincentes argumentos para competir también en Buenos Aires.
























