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Billy Elliot, la libertad de ser uno mismo

Billy Elliot, el musical: la libertad de ser uno mismo

Por Federico Vitale / @pruebapiloto_
Salí del Teatro Ópera con una emoción difícil de explicar y con una pregunta dando vueltas en la cabeza: ¿cuántas cosas dejamos de hacer por miedo a lo que puedan pensar los demás?

Quizás por eso Billy Elliot sigue emocionando tanto más de veinte años después de su estreno. Porque detrás de la historia de un chico que descubre su pasión por el baile hay algo mucho más universal: la búsqueda de la propia identidad y el valor de animarse a seguir aquello que nos hace sentir “eléctricos”.

Billy Elliot, el musical es una fiesta de dos horas y media -con intervalo incluido- que no da respiro. Entre saltos, zapateos y una orquesta en vivo extraordinaria, con música original de Elton John y dirección musical de Gaby Goldman interpretada por nueve músicos, la obra te arrastra de principio a fin con una energía arrolladora. Y lo digo convencido: no concibo un musical sin banda en vivo. El impacto nunca es el mismo que el de una pista grabada.

Es una de las obras musicales más exitosas y conmovedoras del siglo XXI desde su
estreno en el West End de Londres en 2005. Basada en la película homónima de 2000,
cuenta con libreto de Lee Hall, también guionista del film.

La historia transcurre en Durham, al norte de Inglaterra, durante la histórica huelga de
mineros de 1984 y 1985 bajo el gobierno de Margaret Thatcher. Mientras las minas cierran, las familias obreras luchan por sobrevivir y el futuro parece estar escrito de antemano para toda una generación. En medio de ese contexto aparece Billy, un chico que descubre en el
baile algo que no sabía que estaba buscando. Algo que lo hace sentir vivo.
Y ahí radica una de las grandes virtudes de la obra: nunca pierde de vista el mundo que
rodea a sus personajes. La crisis económica, los conflictos familiares y las tensiones
sociales están siempre presentes, funcionando como un contrapunto perfecto para una historia profundamente íntima.
Pero este no es un musical sobre demostrar nada. Habla no renunciar a lo que uno es, a lo que siente o a lo que quiere ser. Sobre enfrentar prejuicios, romper mandatos y atravesar los propios miedos para perseguir un sueño.

Traer una producción de esta magnitud a la Argentina no era una tarea sencilla. Con
producción general de Diego y Omar Romay y dirección general de Rubén
Szuchmacher, esta versión logra equilibrar todo lo que la historia requiere y demuestra, una vez más, el gran momento que atraviesa el teatro musical en la calle
Corrientes.

Para encontrar a sus jóvenes protagonistas se desarrolló, junto a la Fundación Julio Bocca, un intenso programa de formación artística de nueve meses. El resultado se nota arriba del escenario.

En la función que me tocó ver (hay tres elencos de niños diferentes), Joaquín Mondino Formichelli se puso en la piel de Billy Elliot. Y lo hizo de manera extraordinaria.

Hay una sensibilidad especial en su interpretación. Desde la sutileza de sus movimientos hasta la fuerza y precisión de los números de tap, logra transmitir cada una de las transformaciones que atraviesa el personaje. Billy pasa de la confusión al descubrimiento, del miedo a la determinación, y Joaquín consigue que ese recorrido se sienta genuino en todo momento. No necesita explicarlo con palabras. Lo expresa con el cuerpo.

Pero Billy no existiría sin su amigo Michael. Alguien que te impulse a descubrir quién sos sin juzgarte. Lautaro Mauro López construye un personaje entrañable y se luce especialmente en «Expressing Yourself», probablemente mi número musical favorito de toda la obra: un despliegue de talento, humor y energía que se lleva una de las mayores ovaciones de la
noche.

Y también qué importante es tener una señorita Wilkinson. Alguien que vea en vos algo que ni siquiera podés ver todavía. Alejandra Perlusky aporta experiencia, sensibilidad y una enorme presencia escénica a uno de los personajes fundamentales de la historia.

Entre los destacados del elenco también sobresalen Sacha Bercovich como Tony Elliot e Iñaki Agustín como el pianista acompañante de las clases de danza, dos intérpretes que aprovechan cada aparición para demostrar su talento.

También merece una mención especial el trabajo de Gustavo Wons en la dirección
coreográfica. Los números grupales son impresionantes por su precisión y energía,
sostenidos por un ensamble versátil que lo deja todo en escena. Con cerca de 40 artistas
sobre el escenario, la obra despliega una potencia visual constante.

El diseño escenográfico de Jorge Ferrari aporta un dinamismo permanente a la puesta, con transiciones que transforman el escenario en cuestión de segundos. A eso se suma el gran trabajo de iluminación de Gonzalo Córdova y el diseño de vestuario y caracterización de Sofía Di Nunzio, elementos que terminan de construir un universo tan atractivo como funcional para la narración.

Billy Elliot emociona porque habla de algo mucho más grande que el baile. Habla de
animarse. De sostener aquello que nos apasiona incluso cuando el mundo parece decirnos que no.

Quizás por eso resulta tan absurdo que, en pleno 2026, todavía haya quienes crean tener derecho a opinar sobre la masculinidad de un niño, sobre cómo debería verse o comportarse. La polémica generada en los últimos días a partir de comentarios sobre uno de los jóvenes intérpretes de esta producción demuestra que algunos prejuicios siguen
vigentes.

Billy no tiene que demostrar nada.
Y ningún chico debería tener que hacerlo.
La libertad de ser uno mismo no debería necesitar explicaciones.

Entradas a la venta en www.ticketek.com.ar y en la boletería del Teatro Ópera.
¡Funciones hasta el 2 de agosto!

Publicado en Críticas

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