Por Federico Vitale / @pruebapiloto_
Investigar a un narcisista puede parecer sencillo hasta que el objeto de estudio deja de ser solamente eso: un objeto de estudio. Sobre esa idea se construye Yo, Narciso, la nueva producción de Adrián Suar, quien la protagoniza, dirige y coescribe junto a Pablo Solarz. Una comedia que, detrás de sus situaciones absurdas, encuentra una manera de hablar sobre la obsesión por la imagen, los límites de una investigación y, por supuesto, el narcisismo.
Rocío Flores (Natalia Oreiro), profesora universitaria de sociología, está escribiendo un libro sobre el narcisismo moderno. Para comprender mejor a quien decidió analizar, opta por hacerlo desde adentro y elige como caso a Máximo Rey (Adrián Suar), un exitoso cirujano plástico que parece el estereotipo perfecto del hombre vanidoso, egocéntrico y encantador.
Para estudiarlo, Rocío tiene que mentir. Bajo una falsa identidad, se hace pasar por una paciente interesada en un retoque estético y comienza a observarlo sin que él sepa cuáles son sus verdaderas intenciones. Pero lo que empieza como un trabajo de campo pronto se transforma en algo mucho más difícil de manejar.
Y es justamente ahí donde aparece uno de los aspectos más atractivos de la propuesta: la cuestión ética detrás del trabajo de Rocío. Ella parte de un propósito válido, pero para llevar adelante su estudio manipula una situación y convierte a una persona que desconoce sus verdaderas intenciones en parte de su investigación. El planteo no se queda solamente con la idea de analizar a un narcisista, sino que también pone en juego qué ocurre cuando, para hacerlo, es necesario involucrar y manipular a otra persona.
Rocío cree tener todo bajo control. Ella observa, analiza y estudia. Pero a medida que avanza el plan, su propia vida empieza a verse afectada por un trabajo académico que poco a poco ocupa cada vez más espacio, mientras algunos rasgos de lo que se propuso estudiar también asoman en su propia conducta.
A partir de ese juego, la película construye también una sátira sobre el ego , la necesidad de ser deseados, admirados y reconocidos y la importancia que le damos a nuestra propia imagen. Todo contado desde una comedia de enredos que avanza con fluidez y encuentra buena parte de su humor en el tira y afloje entre sus protagonistas.
Natalia Oreiro se luce, sosteniendo con mucha naturalidad a una mujer que intenta mantener el control mientras empieza a quedar atrapada en su propio plan. La química con Suar funciona y es uno de los motores de la historia.
Y hay una escena que directamente se lleva todos los elogios: el desopilante almuerzo encabezado por Moria Casán, en el papel de la madre de Máximo, con la participación de Andy Chango. Una secuencia que aprovecha al máximo el caos y reúne varios de los mejores momentos de la comedia.
Hay aciertos, pero también algunos desaciertos. El mayor problema aparece cuando llega el momento de resolver algunas de las cuestiones que plantea: el desenlace busca ser conciliador y termina resultando menos contundente de lo que el planteo inicial hacía esperar.
Aun así, es una propuesta entretenida que consigue dejar algo para discutir después de las risas. Porque, en definitiva, Yo, Narciso no se queda solamente en el narcisismo como rasgo de personalidad: encuentra, detrás de la comedia, una oportunidad para hablar sobre el ego, la imagen que construimos de nosotros mismos y los límites que podemos cruzar cuando creemos tener una buena razón para hacerlo.
Desde este jueves 13 de agosto, disponible en los cines de todo el país.
























