Por Federico Vitale / @pruebapiloto_
Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma parte de una idea atractiva: cine dentro del cine. Kris, una joven cineasta queer, recibe el encargo de resucitar una franquicia slasher de los 80 que quedó desgastada después de años de secuelas mediocres. Para recuperar algo del espíritu de aquella primera película, busca a Billy Presley, la actriz que protagonizó aquella primera entrega y que ahora vive recluida en el mismo lugar donde se filmó. El encuentro entre ambas dará paso a una historia atravesada por la sangre y la atracción.
Jane Schoenbrun, directora y guionista, toma los códigos del terror de los 80 y los lleva hacia otro territorio. El slasher se convierte en una herramienta para explorar la identidad, el despertar sexual y la relación entre el artista y su obra, mientras también aparece una mirada sobre la obsesión de la industria por recuperar franquicias conocidas.
La propuesta tiene personalidad y claramente busca hacer algo diferente. No es una película sobre cómo se filma una nueva entrega de la franquicia, sino sobre lo que significa intentar recuperar la esencia de una obra que te marcó desde que la viste por primera vez y que te acompañó durante distintas etapas de tu vida. En ese proceso, Kris se involucra cada vez más con aquello que busca recrear. El problema es que las distintas líneas que propone compiten entre sí y hacen que el conjunto pierda algo de fuerza.
Aun así, hay dos elementos que funcionan especialmente bien. Gillian Anderson y Hannah Einbinder son excelentes y sostienen por completo la relación entre sus personajes. La fascinación que se genera entre ambas se siente en cada encuentro, y la tensión que construyen se convierte en uno de los grandes motores del relato.
En el apartado visual, vale la pena destacar la dirección de arte y la fotografía, que le dan una identidad muy marcada, con una búsqueda estética clara que se mantiene a lo largo del relato. El humor también tiene su lugar, con algunos momentos absurdos, mientras Schoenbrun rinde homenaje al cine que la formó y, al mismo tiempo, cuestiona algunas de sus representaciones.
Pero justamente ahí aparece el principal problema: quiere ser, a la vez, una sátira sobre la industria, una exploración de la identidad y el deseo, una historia de amor y un homenaje al cine de género de los 80. La mezcla resulta interesante, pero hace que ninguna de esas dimensiones se imponga con la suficiente fuerza.
Una propuesta creativa y visualmente potente, con dos grandes actrices en el centro, que deja la sensación de que podría haber sido mucho más contundente si hubiera encontrado un mejor equilibrio entre todo lo que quiere contar.
Desde el jueves 13 de agosto, solo en cines.
























