Por Emanuel Brunella.
Diez años, diez años vino llevarle a Na Hong-jin para realizar su obra magna de género, una percusion trepidante. El coreano que había dejado en vilo a todos con “The Wailing,” caía este año a la muestra de Cannes con una película casi secreta, poco y nada, solo uno veía a Fassbender, ahí, luciendo un traje oscuro en la presentación del film, una foto de prensa (también Vikander), y a que se sujetaba eso, ¿no?, ¿una distopía?, ¿una abducción de ideas lisérgicas?, capaz.
Si uno piensa en “Hope,” luego de verse, es innegable pensar en una película libre, no de estructura, está calculada y bien gatillada, más bien en las licencias que se toma en sentido actoral e ideas; el film es un divertimento elaborado de Hong-Jin para todos los fanáticos del sci-fi, que comunica con una pulsión propia de la locura abismal.
Hay algo de ella, entre ese ritmo occidental y oriental, que congenia, la premisa tan ambigua es algo que te calza. “Hope” es la partida de un grupo de pueblerinos que encuentran una vaca muerta, totalmente combatida y con rastros raros en su cuerpo inmenso, ese grupo de jóvenes no termina de entender, los simbolismos en la piel, en los pelos, y al instante, llega el sheriff del pueblo, un Hwang Jung-Min en estado alerta constante, y se embarca en una expiación hacia el pueblo, para averiguar ¿que no será un monstruo?. De la mano como si fuera “The Host,” el misterio es lo que arma el hilo, el cineasta compone la primera hora de metraje, ante ese fuera de campo que titila, no descompone, más bien golpea, con sonidos, sombras, y el laberinto de un pueblo en destrucción, las ruinas como decepción, como desprendimiento de algo.
Ahí en las brasas de eso, corre nuestro policía y empieza a descojonarse más y más, pierde el equilibrio, la locura, y en esa sobreactuación, entre el elemento de humor de la película. “Hope” es en capas, una mezcolanza de humor, acción y ciencia ficción que bien calibra el cine de donde viene, pero en si, mejor sería concebir como la película, como dos piezas largas de acción, nomás, pura adrenalina al aire.
La primera en el pueblo, en ese tiempo real, de encontrarle rostro y forma al monstruo, que deriva en un alien, que no estamos solos, y que vamos a caer.
Todas esas persecuciones, en coches policías, a la cacería final a cabalgata de caballo, funcionan trepidante, y es que son eso la película, un divertimento ingenioso, de desplazamiento brutal, casi elegante en sus planos y montaje, el nervio está a flor de piel, y no se detiene, dos piezas que conectan, y tienen un descanso, para decirnos algo, pero que lo que importa, es el show de virtuosismo a la vieja usanza, a los ochentas, al Frankhenimer, a los autos y explosiones, a su Jung Ho-yeon que está tremenda, héroe de acción fabulosa, y capaz el tiro de gracia total de la primera hora de la cinta. Ella funciona como si fuera un personaje brutal de manga, en su fisicalidad y dominio del arma.
A todo esto parece un despeje imparable, y capaz si, capaz simula a “Tiburón” en estos Aliens, que arremeten de forma, se descontracturan, se vuelven imposibles.
Capaz hay muchas peras en la cinta, en su metraje, obviamente, la película no puede decir más de lo que intentan estirar, aunque nunca es para tanto la duración, pero en si acá, poco aprieta, poco sostiene esa licencia de duración, como también la extraña decisión del cgi, ¿Qué será, no?.
Capaz en mi ignorancia pensaba que era una decisión artística, una puesta en escena, que casi parece 2D; por momentos rígida, que lo desconecta a uno en esta fábula de terror. Se siente que llega, y a veces no alcanza la épica total, eso sí, hay mucha pasión, mucha idea, pero hay algo que se ahoga: el pueblo está alejado, abandonado en el paso de largos y largos campos, como solo es ahí, donde la de Caín cae, y cual serán los planes de estos aliens mastodontes, vengarse de la oscuridad del pueblo… ¿“pueblo chico, infierno ENORME?”.
Quien sabe, uno sigue pensando en tremenda producción, diseño de arte, y porque esa estética así, ese derivado final, aun así, todo da vuelta, y uno la tira a una suerte de clase B, que se divierte pisando el acelerador para sentir la vibración, y nada más, hacernos temblar, y en eso gana la película, aunque no resulta inolvidable.

























