Por Federico Vitale / @pruebapiloto_
Hay libros que quedan ligados a una etapa de la vida. Los ojos del perro siberiano, el reconocido best seller de Antonio Santa Ana, es uno de ellos: una novela que acompañó a varias generaciones de adolescentes y que ahora llega por primera vez al teatro en una adaptación musical que sorprende desde el primer momento.
La historia vuelve a los comienzos de los años 90 para reconstruir el vínculo entre dos hermanos. El protagonista regresa a los recuerdos de su infancia mientras intenta comprender qué ocurrió con Ezequiel, su hermano mayor, expulsado de su casa después de ser diagnosticado con VIH. En una familia atravesada por el miedo, la desinformación, los prejuicios y los silencios, ese recorrido también implica enfrentarse a aquello que durante mucho tiempo nadie se animó a decir.
Y quizás una de las mayores sorpresas de esta versión sea justamente que Los ojos del perro siberiano se convierta en un musical. La elección funciona porque las canciones encuentran una forma de poner en palabras aquello que muchas veces queda escondido detrás del silencio. La música de Juan Pablo Schapira no aparece como un agregado, sino que se integra naturalmente al relato y le da una nueva dimensión a una historia tan sensible como potente. La banda en vivo termina de construir la identidad de este musical argentino.
La adaptación de Nicolás Sorrivas y Martín Palladino logra trasladar la esencia de la novela al escenario sin perder aquello que la hizo tan significativa. Junto a Cecilia Miserere, Sorrivas también está a cargo de la dirección general, desde donde la puesta recupera con mucho cuidado el universo de los años 90: la escenografía, la utilería y cada detalle visual construyen un mundo al que el espectador entra de lleno. Es una propuesta bellísima, pero que nunca necesita recurrir al golpe bajo para generar emoción.
Uno de los grandes aciertos está en la manera de trabajar las dos temporalidades. Alan Madanes interpreta al narrador adulto y Dante Barbera al niño que todavía atraviesa aquellas experiencias. Uno recuerda lo que el otro aún no alcanza a comprender y, a través de sus interpretaciones, el mismo personaje se construye desde dos momentos distintos de su vida. Ambas versiones dialogan y mantienen un hilo común a lo largo del relato.
Felipe Bou Abdo le pone el cuerpo a Ezequiel en una interpretación profunda y sensible, mientras que el resto del elenco -Fabio Di Tomaso, Maqui Figueroa, Adriana Rolla y Matías Fernández Giannoni- completa una puesta sostenida también por un muy buen trabajo actoral y vocal.
Y está Sacha. El perro siberiano de Ezequiel es un títere, manipulado por Luciano Mansur y realizado por Alejandra Farley, y su presencia es fundamental. Al principio somos plenamente conscientes de que hay alguien detrás de ese personaje, pero después de unos pocos movimientos dejamos de pensar en el mecanismo y simplemente vemos al perro. Desde ese lugar de observador silencioso, parece guardar en su mirada aquello que nadie se anima a decir.
Los ojos del perro siberiano habla de los prejuicios, del estigma y del miedo que aparece cuando elegimos no mirar de frente aquello que nos incomoda. Pero también habla de la importancia de hablar, de no mirar hacia otro lado y de no ser indiferentes frente al dolor ajeno.
Una historia de silencios que ahora se anima a cantar. Y que, décadas después de haber llegado a tantos lectores, vuelve a preguntarnos algo que todavía sigue siendo necesario: ¿cómo mirás cuando mirás?
Última función: sábado 10 de octubre en el Teatro Politeama (Paraná 353, CABA). Entradas por Plateanet y boletería del teatro. Ojalá agreguen nuevas funciones y esta propuesta pueda continuar en cartelera.

























