Por Diego Ortiz
La película arranca contando una historia familiar centrada en Daniel, el padre de familia, practicante de Tai chi, empleado de la base Marambio y sobretodo un amante del cine.
Esto último se convierte en un nexo fuerte entre Martina Cruz, la hija que es la directora del documental, y su padre que soñaba con hacer una película, de hecho no se quería morir sin haber dirigido una cinta.
Martina con el afán de cumplir el sueño de su padre, entre sus cosas encuentra ropa, algunos diskettes y varias películas, como Billy Elliot que es una de mis favoritas.
Comienza la búsqueda de un supuesto guión que estaría en el correo electrónico con el pequeño detalle de que no sabe la contraseña. Esta búsqueda le sirve de excusa para reunirse con los amigos de su padre (muy interesante escuchar las opiniones de cada uno), su madre Catalina y con su hermana Julia.
Sin embargo, a los pocos minutos de iniciarse, la película no se queda con lo que parecería un homenaje íntimo a un familiar amante del séptimo arte, sino que desentraña historias de violencia de género familiar, malestares y cosas no dichas, que (por supuesto) es el silencio que la directora elige contar. Igualmente deja pistas, y eso hace valioso el material.
Considero que esto último es una de las cosas que atrapa al espectador y lo deja pensando, en esa doble historia contada entre las dos hijas, una que tuvo una bella infancia y quiere cumplir el sueño de su padre y otra que tiene muy malos recuerdos y experiencias con él.
De hecho, algún video sirve de prueba de ese malestar. Todo eso me hace pensar en mi hermana, en mi historia familiar y en la mirada que cada hijo tiene sobre su padre.
El documental logra algo difícil: que nos identifiquemos con esa hija, con esa hermana y porque no con esa madre que está nerviosa, fuma mucho, quiere hablar pero cuida sus palabras.
Documental íntimo, sincero y recomendable
























